¡¿Quién soy yo para juzgar a vivos o muertos?!
Cuando las palabras se vuelven aire y el corazón se encoge ante la horrible sensación de soledad.
Cuando el destino deja de estar en nuestras manos y las ideas se acumulan sin salida en nuestro cerebro.
Cuando todo arde y no somos capaces de apagar el fuego.
Es entonces, cuando nuestra mente se disgrega, alterando la razón.
Endurecido en mil batallas. En mil enojos, en mil sátiras, en mil desprecios.
Aún siento el dolor ajeno.
Aún siento la dureza de la vida en otras manos, en otros ojos.
¿Y todo para qué?; ¿Para seguir sufriendo?
Maldades que me recuerdan a la experiencia propia.
Gestos, renuncias... desarraigos, tormento, desesperación.
Recuerdo mi poema y oda a la injusticia.
Mi derrama al sortilegio de la vida, que siempre pide sangre.
Sangre sin nombre, sin rostro.
Alimento de las bestias, sin razón en los enojos.
Sangre que circula por las venas de aquellos que andan solos.
Que esperan una caricia que les reconforte en la ausencia de su estima.
La ausencia de la dignidad perdida, que se ganó con el sufrimiento opaco, en el más profundo de los silencios.
Ahora digo: ¡¿Y qué más?!
Que puedo esperar de quien no entiende, de quien no cree.
De aquel que pisa manos pidiendo clemencia.
País maldito de intereses varios.
De riquezas que otorgan el destino de desarrapados huérfanos de herencia.
De herencias recibidas que no son fruto de buenos actos.
Más bien de la maldad con la que se a echo su riqueza.
Qué ciegos estamos.
Qué ciegos estamos buscando el cielo para poder volar, cuando apenas sabemos caminar.
¿Y todo para qué?
¿Para que la tormenta se lleve en un vendaval todo aquello con lo que alzamos nuestro futuro inexistente?
¿Futuro que nos atormenta al ver rota nuestras expectativas?
¡No sueñes! ¡No hables de futuro! ¡No promuevas desgracias que están por llegar!
Será la única manera de que sepas caminar, arrastrarte, reptar como culebra sedienta de comida, que acecha rincones oscuros donde encontrar la tragedia que ahora te atormenta.
Todos somos hipócritas.
Todos robamos, todos jodemos, todos hundimos sueños ajenos.
Hasta que un día, la vuelta generosa de toda nuestra barbarie, nos es devuelta.
¿Y ahora qué? ¡¿Qué hacemos?!
Partiendo de la misma base que hemos dejado, huérfanos de vida a sueños ajenos.
¿Y ahora qué?
¿Nos queda pagar por nuestro osado descubrimiento?
La vida devuelve todo el mal que hemos hecho.
¡Merezcamos o no el sufrimiento! ¡Que juzgue otro! Que yo no quiero.
Harto estoy de juzgar sueños ajenos.
Harto estoy de sufrir por mis desencuentros.
Harto estoy de mirar mis manos pisoteadas y llenas de excrementos.
¡Que no se acerque la víbora que asoma y que desea mi cuerpo inerte, suspendido en mil nostalgias que decoran mi infierno!
¡¿Tan malos somos?! ¡¿Tanto mal hemos hecho?!
Solo pretendíamos vivir en una jungla sin reglas, ni honor, ni respeto.
¡¿Quién soy yo para juzgar a vivos o muertos?! Solo sufro en mis carnes sus frustrados sueños.
¡No! Que no se acerque a mí, reptando por el suelo. Yo no soy alimento para recuperar los deseos perdidos que todos llevamos dentro.
¡No! No soy escalera para trepar hacia el cielo.
¡Cuanto odio el sufrimiento ajeno!
¿O acaso miento?
¡¿No será este mi alimento?! Restregarme en lodazal ajeno.
¡No! Ya no soy carnicero, más bien despojo de piel sin condimento.
¡Cuánto me jode el sufrimiento ajeno! Porque con él recuerdo, mis muchos años de silencio.
¡¿Quién soy yo para juzgar a vivos o muertos?! Si siempre he sido, quien padece sus denostados sueños.
¡Y ahora qué hacemos?
Cuando descubres que todo es mentira, que los sueños son cuento.
Ahora coje mi mano y salgamos juntos de este tormento.
Que experiencia... tengo.
