Vidas cruzadas 11

 17   

 

 

Aníbal permanecía sentado en el interior del autobús, el cual; poco a poco se fue adentrando por el centro de la ciudad. El autobús paró en una de las calles principales, y parte de los viajeros bajaron en ella. Una vez que se cerraron las puertas, solo quedaban dos personas en su interior. Próxima parada: estación del norte.  

Aníbal necesitaba despejar la tormenta que se cernía sobre su cabeza. La playa de poniente estaba a pocos metros de la última parada. Quería recorrer el paseo marítimo. Sentarse en uno de sus bancos y contemplar el mar.  

Una vez que el autobús llegó a su última parada, las dos personas que viajaban en él; descendieron. Aníbal se encaminó al lugar en donde descansaban las olas. Poco a poco se fue arrastrando sobre sus pasos a través del pavimento. Por un momento pensó en bajar hasta la arena y continuar el camino allí. Tal vez descalzo, con el agua mojándole los pies, como tantas veces había hecho al lado de su familia.  

Recordaba aquellos años en los que todos los fines de semana, independientemente del tiempo que hiciera, bajaban hasta la playa, y se sentaban, sobre una enorme toalla que clavaban sobre la arena.  

Lo recordaba con cariño. Aquella cesta de picnic en donde su madre guardaba la comida que más tarde probarían. Recordaba como la arena se metía en su boca cuando la brisa no daba tregua. Aquellos bocadillos que comía sobre las piernas de su madre, al tiempo que su padre lo miraba con cariño.  

Aquellos fueron años muy felices para él. Nunca se arrepintió de haber tenido unos padres como aquellos. Aunque siempre estaba la pregunta de: ¿quién había sido su verdadera madre?  

Curiosamente... nunca se preocupó de saber quién era su padre. Imaginaba que tal vez, fuera un desconocido que no sabía de su existencia. En ocasiones; cuando en el colegio se metían con él a causa de los rasgos de su rostro. Imaginaba que su padre pertenecía a la KGB, y gracias a ello, había embaucado a una oficinista para sacar información de algún entramado político que sobrepasaba su propio entendimiento.  

Imaginaba que aquella secretaría habría descubierto el verdadero rostro del espía, y una vez que tuvo a su hijo, lo dio en adopción al no poderse hacer cargo de él.  

Con la edad, fueron cambiando circunstancias, los argumentos... pero el final siempre era el mismo. Él, siempre terminaba en el orfanato al que fueron a buscarle sus verdaderos padres. Y no por aquellos que le dejaron allí.  

Camino por el paseo marítimo hasta llegar a uno de los bancos de piedra que detenían el tiempo. Por un momento; no se había percatado que la misma mujer que había bajado del autobús al mismo tiempo que él; era la misma persona que había subido en la zona comercial en donde había dado muerte a aquella mujer. ¿Podría ser una coincidencia? — pensó —. Pero por experiencia sabía que las coincidencias pocas veces ocurrían al azar.  

Le había seguido hasta aquella playa, y ahora paseaba por delante del lugar en el que él estaba sentado. Se alejó unos metros de donde se encontraba, y apoyándose en la barandilla se quedó mirando al horizonte, mientras los bañistas más intrépidos, se adentraban en las aguas frías de aquella época del año.  

Algo no iba bien. No era la misma policía que se había encontrado en otras ocasiones. Desconocía quién podría ser. Pero lo que sí tenía claro, es que aquello no era una casualidad. Tenía que averiguar si realmente lo estaba vigilando.  

Aníbal se levantó del banco en el que se había sentado y se encaminó de vuelta a la estación de autobuses. Alcanzó la avenida y se dirigió al parque de la Morera. La mujer le iba siguiendo en su travesía a poca distancia. 

Ni siquiera se molestó en descubrir si realmente estaba detrás de él. Tenía una punzada en el pecho que así lo confirmaba.  

Una vez que llego al parque de la Morera, se encaminó a un paso subterráneo que salvaba un camino de bicicletas que pasaba por su interior. Una vez que lo cruzó, sé quedó escondido detrás del muro. 

 

18 

Rebeca había ido a cubrir la noticia que había saltado aquella mañana en la radio de la policía. Cogió su automóvil y se dirigió al centro comercial. Ni siquiera pudo acercarse al aparcamiento donde había comenzado todo. La policía había acordonado el perímetro en busca de algún tipo de prueba que pudiera dar pistas sobre el agresor.  

Una vez que consiguió aparcar en otro recinto, se adelantó caminando al lugar del suceso. No hacía falta mucho más para entender qué es lo que había ocurrido. Los clientes que aún estaban allí, iban comentando a todos aquellos que quisieran escucharlos, los pormenores de lo sucedido.  

Alguien había matado con un fuerte golpe en la cabeza, a una clienta del supermercado.  

Aquello la puso en alerta. Ya no había excusa para pensar que la persona que la hubiese matado, podría tener relación con los anteriores asesinatos. Tenía la certeza de que así era. Al igual que sabía que esa misma persona, podría estar entre la gente que miraba con morbo toda la escena. 

Rebeca se alejó del barullo que se agolpaba a través del precinto que había colocado la policía, y se alejó unos cuantos metros con la intención de observar toda la escena desde lejos. No parecía que allí se encontrara la persona que estaba buscando. En su mente no dejaba de aparecer la imagen de aquel hombre que descubrió la mañana en la que fue a investigar al tanatorio municipal.  

Tenía que ser él. No había posibilidades de que fuera otro. Aquello le resultaba demasiado sospechoso como para que se convirtiera en una casualidad. Pero allí, no había nadie que se relacionase con sus mismas características.  

Rebeca reconoció el otro centro comercial que se situaba al otro extremo del lugar en el que se encontraba. Pensó que tal vez estuviera allí.  Si nadie le podía relacionar con lo que había sucedido, esconderse allí era lo más sensato, en vez de salir disparado con un coche, en busca de la autovía que le alejara del lugar en el que había ocurrido todo.  

Había pasado una hora desde que encontraron el cuerpo de aquella mujer en el ascensor del supermercado. Rebeca se adentro por las galerías comerciales de su interior. Pero allí tampoco había nadie que se pareciera al hombre que estaba buscando. Una vez que salió del centro comercial; se sentó en la parada de autobús que se situaba en el exterior, desde donde se podía ver todo cuanto estaba sucediendo justo enfrente. Cuando estaba a punto de levantarse, un hombre apareció detrás de ella y se sentó a su lado.  

Era él. Un estremecimiento recorrió todo su cuerpo. Era el mismo hombre que había visto llorar en el tanatorio por un difunto al que nadie había ido a despedirse.  

¡Era él! Conocía perfectamente aquellas facciones. Cara cuadriculada, ojos pequeños y de piel fría. No sabía cómo actuar. Podía ponerse a gritar como una histérica, pero no habría servido de nada, puesto que al igual que había sucedido con los anteriores crímenes, no había nada que pudiera identificarlo. Sería absurdo acusarlo de un crimen cuando no tenía nada con que relacionarlo. Solo le había visto aquella vez en el tanatorio. Y aquello no era prueba suficiente como para ser llevado a juicio. Si se equivocaba, habría perdido la oportunidad de llevarlo ante la justicia.  

Siguió sentada a su lado. El hombre parecía estar absorto en sus pensamientos, al tiempo que miraba la escena que se estaba produciendo a un centenar de metros de donde se encontraban.  

El autobús de línea había llegado a la parada. El hombre se levantó y se adentro en su interior. Ella, le siguió a unos pasos detrás de él. Una vez que había abonado el transporte, se colocó a un par de filas por detrás de donde se encontraba él.  

Desde su asiento, podía ver perfectamente sus facciones. ¡Tal vez podría sacarle una fotografía! Odiaba esas cámaras ocultas que algunos de sus compañeros llevaban en algunas ocasiones para sacar conversaciones privadas, o para retratar a los amantes de sus futuras víctimas, para así, conseguir chantajearles cuando la ocasión fuera propicia. No le gustaban aquellas cámaras. Entre otras razones; porque al final terminaban por descubrirlas, y cuando esto sucedía, las ratas se cerraban en banda al creer que todo cuanto hacían o decían, estaba siendo grabado. Prefería estar atenta a su memoria y sacar todo de una forma natural, como había hecho en anteriores ocasiones, en donde el informante le había dicho todo cuanto quería escuchar, sin pensar que estaba hablando con el bando equivocado. La gente necesita confiar en alguien para contarle toda la podredumbre que le carcome por dentro. Es una forma de confesión que termina purificándoles, aunque solo sea por un breve periodo de tiempo.  

Siempre se le había dado bien escuchar. Dejar que la gente confiara en ella. Solo tenía que ser parte de la ingenuidad del incauto y asombrarse de todo cuanto la dijeran. Era una fórmula que siempre funcionaba. Hacerles creer que ella nunca podría ser el enemigo. Y que aquello que le estaban contando, era una revelación dirigida por una especie de Dios que ponía sobre ella, los secretos mejor guardados, para que esta, pudiera venerarlos a causa de su atrevimiento.  

Por un momento pensó en coger el móvil y realizar una fotografía de su espalda. Tener una imagen parcial de la persona. Pero estaba casi seguro que se daría cuenta. ¡Acababa de matar a alguien! Tenía que estar con todos los sentidos en alerta.  

Al final; opto por ser un pasajero más en aquel autobús, y dejar que la suerte le diera una oportunidad con la que poder identificarlo.  

El autobús se adentro por el centro de la ciudad en dirección a la zona costera. Una de las paradas, la realizó a las puertas del Corte Inglés. El resto de usuarios bajaron en ella, dejándoles a ellos dos solos en el interior del autobús.  

Aquello no era una buena señal. Si se descubría ante él, éste desaparecería para siempre, y habría perdido una oportunidad de oro para saber dónde podría vivir. 

Aquella era la zona cara de la ciudad. Una zona bañada por las playas que atraían a una multitud de veraneantes, mientras que los foráneos, huían de ellas para no mezclarse con una variopinta mezcla de turistas que parecían que no habían visto nunca el mar.  

Como ocurría en todas las ciudades costeras, los vecinos apenas hacían caso a lo que tenían delante, al tiempo que aquellos que venían de las zonas de interior, se apelotonaban para ver aquello a lo que no estaban acostumbrados.  

La última parada se producía en la estación del norte. Una zona que poco a poco se había aclimatado al sector turístico. En donde las explanadas dejaban poco que ver a los vecinos de la zona, y mucho que contar a los visitantes.  

El autobús paró en la estación. Espero un momento a que se levantara el primero, para bajar detrás de él. El hombre se sujetó a un tubo de acero que partía el pasillo en la mitad para coger impulso, y bajo sin mirar atrás en dirección de la playa que estaba a pocos metros de donde se encontraban.  

Por un instante pensó en quedarse sentada en el interior hasta que el conductor le dijera algo y aquel hombre estuviera lo suficientemente lejos, como para no escuchar la conversación que iba a tener con él. Había dejado sus huellas en aquella barra. Solo tenía que encontrar la forma de aislarlas y presentársela a la policía. Pero volvió a pensar que todo aquello no tenía ningún tipo de consistencia. Sería absurdo decirle al conductor que tenía que precintar aquel autobús hasta que la científica cogiera las huellas que aquel hombre había dejado en la barra. De todas formas; ¿Qué certeza tenía de que aquel hombre fuera el asesino de todas las muertes que se estaban produciendo? Lo único que tenía, es que le había visto llorar en el tanatorio, y esto, no significaba absolutamente nada para nadie, excepto para ella. 

Una vez que el hombre se alejó caminando hacía la playa, se levantó del asiento sin dejar de mirar a la barra que había tocado, como si en aquella barra, estuviera el santo grial que había estado buscando a lo largo de toda su vida.  

Una vez que salió del autobús, el conductor cerró de golpe las puertas y salió de su cubículo en dirección de la cafetería de la estación.  

Podía seguirlo. Ser una turista más entre todas las personas que se encontraban allí. La imagen siempre era la misma, aún a pesar de que la fría brisa de aquella época del año, no invitaba a hacer uso de la arena como si fuera un tórrido día de verano.  

El cambio climático había agrandado los meses de calor, pero a pesar de ello, el día no acompañaba, para permanecer demasiado tiempo allí.  

Vio que el hombre se sentaba en uno de los bancos del paseo marítimo. Por un momento se quedó sin saber muy bien cómo actuar. Siguió adelante sin ni siquiera mirarlo, hasta que a unos treinta metros, decidió apoyarse sobre la barandilla esperando algún tipo de movimiento por parte de él.  

Seguir allí no hacía más que descubrirla en el caso de que la hubiera reconocido en la parada del centro comercial. Eran las dos únicas personas que se habían bajado en aquella parada. Con lo cual, no había que imaginar mucho para darse cuenta de que aquello no era casualidad. Tenía que abandonar aquella persecución, hacer algo que impidiera que pudiera relacionarla con aquel viaje.  

Cuando estaba a punto de seguir su camino, se dio cuenta de que el hombre se había levantado de su asiento. Se encaminaba nuevamente a la estación de autobuses. Estaba claro que la había relacionado con la mujer con la que compartió asiento en la parada del centro comercial. Seguirle se había convertido en algo peligroso. Una persona que era capaz de matar a una persona como él lo había hecho, no tendría ningún reparo en hacer lo mismo con ella, en el momento en el que se sintiera acorralado. Aunque no por ello, pensaba que todo estaba perdido. Quiso seguirlo un poco más. ¡De perdidos al río! — Pensó — Lo que sí tenía claro, es que él no la atacaría mientras estuviera a vista de todos. El hombre se encaminó por una de las avenidas que se adentraba hacia el interior. Paso al lado de museo del ferrocarril, y a un centenar de metros, se adentro en uno de los parques de aquella zona. Estaba claro que sabía que le estaba siguiendo. Y sabía perfectamente el peligro en el que estaba inmersa.  

Poco a poco se fue adentrando por los caminos que dividían el parque, al tiempo que los árboles empezaban a esconder partes del mismo a los ojos de los demás. 

Tenía que terminar con aquella persecución. El hombre se adentro a través de un paso subterráneo que salvaba un camino de bicicletas. No había nadie alrededor. Solo estaba ella persiguiendo a un posible asesino en serie que en ningún momento había vuelto la cabeza para saber si realmente le estaban siguiendo.  

Una vez que el hombre desapareció por el interior del túnel: Rebeca se paró en seco: y dándose la vuelta; desando lo ya andado. No está dispuesta a dar más facilidades a alguien que la había descubierto. No quería ser ella la próxima víctima. Llegar hasta ese paso subterráneo, era la forma correcta para realizar una emboscada.  

Rebeca volvió al lugar de donde había venido y se dirigió de nuevo a la estación de autobuses con la intención de llegar al parking del centro comercial con la intención de recoger su coche. Habría más oportunidades aparte de esa, para encontrar al hombre que había perseguido. Y ahora: sí que podría hacer un retrato robot del sospechoso. Lo primero que tenía que hacer cuando recogiera el coche, era llegar hasta la redacción del periódico y buscar al dibujante. No era la primera vez que había recurrido a él para inmortalizar una cara que solo estaba en su memoria. Una vez que lo haga, iría a visitar a su amigo en la jefatura de policía, para hacerle entrega del retrato. Con él; tal vez lo puedan relacionar con alguno de los crímenes. O mejor aún: lo podrían reconocer aquellos vendedores del mercadillo en donde compro las herramientas para perpetrar sus crímenes.   

¡Si! Aquello era lo que tenía que hacer. Tal vez no fuera gran cosa, pero por lo que le había dicho el inspector, no tenían nada que no fuera aquella descripción que le habían dado los vendedores.  

Rebeca se adentro en el interior de la parada de autobuses. Aún faltaba un cuarto de hora para que el autobús volviera a realizar su recorrido.  Le daba tiempo de tomar un café en la cafetería del recinto. Pero antes, tenía que quitarse esa sensación pegajosa que tenía en las manos, a consecuencia del sudor y la arena que se le había pegado cuando se apoyó en la barandilla del paseo marítimo.  

Fue hasta los servicios y se adentro en el cuarto de baño. ¡Era su día de suerte! aún quedaba jabón con el que lavarse las manos. Por un momento, se quedó mirando en el espejo.   Aún era bella. Todavía mantenía la tirantez de la piel de su rostro. Sus manos eran pequeñas y suaves, al igual que lo fuera la niña que fue.  

No estaba nada mal para los años que tenía. — Se dijo — Seguía manteniendo los senos erguidos y esa atracción infantil que tanto atraía a todos aquellos a los que le gustaría meter en la cárcel.  

Rebeca hizo uso del secador de manos que se encontraba en la pared, y se dispuso a salir del cuarto del baño.  

Un estremecimiento le descompuso el cuerpo. Al tiempo que ella salía, aquel hombre entraba en el servicio de caballeros.  

Rebeca se quedó parada en la puerta sin saber muy bien lo que hacer. Tenía que salir de allí de la manera que fuera. Una vez que el hombre había desaparecido en el interior del servicio. Rebeca comenzó a correr en busca de una salida que la alejara de allí, ante los atónitos ojos de aquellos que encontraba en su camino. Una vez en el exterior, se dirigió a un taxi en el que se metió sin mirar atrás, al tiempo que le daba al taxista una dirección.  

 

*  

 

Aníbal se quedó mirando como Rebeca desaparecía en el interior del taxi. En realidad no le molestaba que se hubiera escapado. Se sentía cansado. No tenía ninguna intención de seguir matando. Algo había cambiado en su cabeza. Tal vez no era tan buena idea tener que liberar la vida de las personas de un sufrimiento continuo. A lo mejor; lo más sensato; era dejar que la vida terminara con ellos, o que ellos mismos terminaran con su vida. Después de todo; el problema no lo tenía él, lo tenían aquellos que habían convertido su vida en un infierno del que no podían salir.  

Por un momento, recordó los ojos de su primera víctima. Aquel acto de clemencia con el que estranguló al asesino de sus padres. ¡Si!, se merecía morir. Pero a lo mejor; el mejor castigo no habría sido que él lo matara. Tal vez lo que aquel hombre se merecía; era el sufrimiento que acarrea una pena como la suya hasta el día de su muerte.  

Dejar escapar a aquella mujer no iba a significar nada. Sabía que no tenían nada contra él. Y si lo tuvieran... tendrían que demostrar que fue él quien mató a todas esas personas. Y aun así. Tampoco era algo que le importara.  Tal vez tenía que pagar por lo que había hecho. A fin de cuentas; él no era nadie para decidir sobre la vida de otros. Ni siquiera para juzgar quien vive o quien muere. 

Por un momento recuperó en su memoria la imagen que había visto en la pantalla de aquel cine. Su rostro portando un arma, al tiempo que iba matando a todos aquellos que se cruzaban por su camino. ¿Por qué? — Se decía —. ¿Porque tengo que matar a todos aquellos que se encuentran en mi camino, por mucho que me lo pidan con sus gestos? ¿Acaso no son ellos los que tienen que decidir sobre su vida? ¿Porque salvarlos, si son ellos los que se han creado su propia tumba? 

Aníbal seguía contemplando el taxi que salía de la estación. No sabía quién era aquella mujer.  Tampoco le preocupaba.  

¿Tenía que arrepentirse por todas las muertes que había causado? No lo sabía. Sus miradas se lo suplicaban. Le pedían a gritos que terminara con su sufrimiento. En realidad, eran ellos los que le habían utilizado para acallar sus voces; su malestar.  

No tenía ningún tipo de remordimiento para sentirse culpable por todo lo que había hecho. Incluso ahora; mirando la cara de la gente que se encontraba a su alrededor, había muchos que pedían el mismo resultado: ¡Dejar de sufrir!  

Aníbal estaba contrariado. Tal vez se hubiese equivocado. Pero no se sentía culpable por lo que hizo. En todo caso; se sentía culpable por haber sido utilizado. Ya no tenía ningún ansia de matar. Solo quería descansar. Alejar su mente de la derrota que había supuesto perder a sus padres. Y centrarse en encontrar otra felicidad que le pudiese procurar la vida.  

No quería terminar siendo como aquellos a los que había ajusticiado. No quería que nadie pensara que él buscaba a alguien a quien arrebatarle el sufrimiento.  

Cada uno, tiene que ser consecuente con la vida que lleva. Y más; si no es la vida que ellos desean.  No puede ser el dios de la montaña, que devora la existencia de aquellos que no saben aprovecharla.  

Había llegado el momento de parar. De dejar de ser. Había llegado el momento de superar lo que el destino había puesto en su camino.  

La miseria de los demás, no podía ser su propia miseria. Y en eso se quedó pensando.  

Aníbal salió de la estación de autobuses y se dirigió nuevamente a la playa que estaba a escasos metros de donde él se encontraba. Quería recuperar de nuevo el recuerdo de sus padres. Volver a los tiempos en los que todos eran felices. Porque ahora, era lo único que le quedaba.  

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